Contradictorio. Lo que me dice la cabeza pero me pide el corazón. Pues ya no añoro lo que tuve, y ahora sé que el pasado nunca lo perdí, aunque el futuro lo di por perdido. Aquellos fueron otras caricias vividas por un corazón adolescente, que solo sabía entregar hasta desgarrarse por agarrarse a la ilusión de que los abrazos podían ser eternos, y los besos compartidos en medio de la multitud nunca molestaron a quienes se cruzaban en nuestro camino. No me arrepiento de lo amado, incluso lo volvería a vivir del mismo modo y con el mismo sentido, porque de aquello volvería a aprender, todo lo que enseña lo que ya hemos vivido, pero sé que lo que queda por venir habrá que sentirlo como con el tiempo he aprendido.
Y es aquí donde me contradigo, porque la azotea que mantiene cuerdos mis cimientos me dice que ya tengo lo que merezco. Y le creo. Tengo alfareros que han moldeado mi vida con la arcilla que mis lágrimas crearon en el barro en el que casi me hundí, y a ellos debo lo que soy y lo queda de lo que fui. En mis días de rabia, provocada por el dolor de un corazón roto, siempre hubo cómplices que tuvieron la paciencia de esperar a que un atisbo de razón alumbrar en mi mirada, y agarrándome del corazón, me volvieron al camino que me traía hasta aquí, sujetándome con su cariño y enseñándome la cruda realidad, que tanto dolía pero tan necesaria fue para curar las heridas. Aquellos que navegaron entre mis llantos y que ahora me regalan sonrisas y comparten los buenos momentos que han conseguido mandar a un rincón a los malos recuerdos; los mismos a los que hace más de un mes les dedique la entrada que vive en el piso de abajo y los que cada mañana me hacen sentir orgulloso de cada una de las personas que llenan la inmensidad de la palabra amistad.
Y mientras en la guardilla conservo cada momento y sonrisa vivida con mis cómplices, dos pisos mas abajo, vive ese vecino molesto que todos tenemos. Porque calidad y cantidad de amigos no faltan, ni cariño en mi familia, me atrevería a decir que no me falta de nada, pero el cabrón alborotador discrepa. Y es cuando se enzarza con la masa gris en discusiones de territorio que impiden vivir en paz a los vecinos de mi “casi30 Rue del Geromo”.
Porque llevo tiempo sin compartir el primer piso de mi alma, y acumulo tanto trasto que ya no sé cómo ni dónde tirarlos. Empiezo a sentir que me encantaría chocarme con alguna chiquilla, que me hiciera balbucear al hablarle y a la que fuera incapaz de mirar a los ojos por miedo a perderme en ellos para siempre. Que al mirarnos encontrara el valor, esta vez, de decirle mi nombre e invitarla a un café por el simple hecho de intentar conocerla, y que por una vez, solo por una vez, la radical timidez que me viste me dejara desnudo para enfundarme el uniforme de caballero. Y que al llevarla a casa, el miedo a perderme en su mirada llegara tarde, justo cuando los ojos ya estuvieran cerrados mientras nuestros labios se abren.
He planeado el instante en el que solo hablaran las manos, entrelazando dedos que juguetean entre si, enmarañando escalofríos, para que no se vaya de mi lado sin regalarle una caricia en la mejilla, cargada de tantas intenciones que ella no pudiera evitar dejar caer el peso de su dulce cara sobre las líneas de una manos que se muere por acompañarla a lo más profundo de su almohada. Me encantaría driblar al viento y llegar antes a su pelo para ser yo quien lo acaricie y lo enrede mientras la luz de unos cuerpos cómplices ilumine la oscuridad de una habitación a la que se le había olvidado el placer. Y si he de despertar por la mañana para ver como se viste, al menos conservar el sabor de los besos más dulces.
Pero si despierto y sigue allí quiero formar parte de sus sueños, y que inconsciente sonría mientras duerme sabiendo que estoy ahí. Quiero levantarme de la cama con el sigilo de un suspiro para que ni se de cuenta que me he ido y seguir con mi trabajo, mirando cada minuto al dormitorio para comprobar que esta vez no fue un sueño.
Me encantaría que en este instante unas manos me rodearan por la espalda y la dulzura de una sonrisa recién despierta se rompiera con el regalo de un beso en mi cuello. Que unos ojos sin abrir del todo observaran “por encima de mi hombro lo que escribo” (Joaquin Sabina); Y sentir como unos cabellos caen sobre mis hombros mientras la voz mas dulce que jamás escucharon estas paredes pregunte que hago despierto.
Quiero dejar de teclear en ese instante para girar mi mirada y cruzarla en su camino, acariciarle el pelo, sonreír, regalarle un tímido beso y contestar...
...Estoy relatando que una vez soñé con que despertaría a tu lado Y muero por escuchar en un susurro...
...
Pues vamos a desayunar, que de sueños que se cumplen podremos escribir cada mañana.